martes, 31 de mayo de 2011

El poder de la edición



La edición de esta foto hace que luzca más parecida a la realidad. Bajar la temperatura de la imagen permite que la piel parezca menos amarilla y se aclare, adquiriendo un tono natural.

Creer en la verdad

Un símbolo del catolicismo en Montevideo

Un homenaje y testimonio de la religiosidad

Ortodoxos circulando por las calles de la ciudad

Entrada de la iglesia ortodoxa griega

Interior de la iglesia católica armenia de El Prado

Conociendo elementos típicos de los católicos armenios como la corona de casamiento

Rezo de judíos religiosos

El rabino reza con sus tefilin puestos

Aunque desde 1919 Uruguay dejó de ser un país católico para convertirse en laico, gran parte de su gente se identifica con una religión. De hecho, el 80% de los montevideanos cree en Dios, según una investigación del sociólogo Néstor Da Costa del año 2003. Si bien este estudio también concluye que los uruguayos son poco practicantes, hay quienes logran vivir en Montevideo manteniendo sus costumbres y creencias intactas.
Diversos elementos manifiestan la religiosidad que existe en la ciudad: más aun quienes practican su credo. Este fotorreportaje se concentra en personajes católicos, ortodoxos y judíos que mantienen su fe en un país laico. En estos días, pude presenciar un rezo con el rabino Shemtov, unas cuadras con cuatro ortodoxos tímidos a quienes no les gustaban las fotos y conversaciones con católicos armenios. También visité sus templos.
Rezar desde temprano, estudiar y vestir trajes sobrios son solo algunas de las pautas que determinan sus vidas, dándoles el sentido que ellos consideran verdadero.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Un concepto difícil de definir

Cuadros, esculturas, textos, danzas, partituras y grafitis tienen algo en común: son manifestaciones artísticas. O al menos pueden ser concebidas como tales. Lo difícil es desentrañar qué es lo que las une.
A lo largo de la historia, los intelectuales más prestigiosos han intentado definir el arte. Y, sin embargo, el desafío sigue en pie. De hecho, se complica en una época en la que los museos aceptan cuadrados monocromáticos, bloques de hierro y hasta a una persona como parte de sus exposiciones. El relativismo ha llegado a este ámbito: acercarse a la verdadera naturaleza del arte se impone.
Aunque esta noción se ha relacionado con lo bello, eso es insuficiente. Francis Bacon lo demuestra con cualquiera de sus obras que reflejan –con una crudeza conmovedora- sus obsesiones, traumas y sufrimiento más profundos.
Para Kant, el arte era el objeto de satisfacción desinteresada, a diferencia de lo artesanal, vinculado al trabajo. En este sentido Teófilo Gautier decía que lo bello es lo que no sirve para nada pues todo lo que es útil es feo. Aquí hay un avance. Sin embargo, existe la literatura comprometida, que según esta visión perdería su calidad artística. Sería otra cosa. Un argumento aplicable en los casos en los que se producen panfletos, pero una tesis que los imponentes Albert Camus, Jean Paul Sartre y Eugène Ionesco derriban con su trayectoria.
El arte puede abarcar los aspectos más diversos. Hoy se habla de arte callejero y se hace referencia a los grafitis que “decoran” los muros de las ciudades. En la película Exit Through the Gift Shop el grafitero Banksy denuncia con una ironía simpática el éxito del arte comercial.
Muchos critican el sistema vigente y ven este ámbito como un mero negocio. Pero reducirlo a esto sería un error. La permanencia de las obras y la trascendencia de los artistas, resistiendo el paso de los años, demostrarán, como lo han hecho hasta hora, que el arte existe. Y se define por sí mismo.

martes, 24 de mayo de 2011

Placeres cotidianos de un boliviano en Montevideo



















“Siempre me preguntan de dónde soy”, afirma Miguel Villa-Gómez, un boliviano de 26 años que se instaló en Montevideo en marzo de 2010 y que está haciendo su posgrado en Gastroenterología. Este rubio de ojos celestes asegura que algunos no le creen cuando les cuenta su procedencia. Según él, esto se da porque piensan que todos sus compatriotas “son morenitos y chiquitos pero no se dan cuenta de que el mundo es más abierto de lo que se ve por la tele” y que “tiene más cosas que las que uno se imagina desde afuera”. Otros le dicen que su acento -con erres pronunciadas como en inglés- no es el típico de Bolivia. Pero, a pesar de las sospechas que giran alrededor de este médico que excede los estereotipos, la gente lo trata “muy bien” en Uruguay. De hecho, “Migue”, como le dicen quienes lo conocen, sostiene que en los amigos encontró a su familia local. Es fanático del dulce de leche, que lo deleita en cualquiera de sus formas. Incluso a cucharadas y hasta directo del tarro.
Lo que más le gusta de la ciudad donde vivirá por dos años más es algo “que no se tiene en ningún otro lado del mundo”: la Rambla. Disfruta de ese lugar, de sus puestas de sol, de ver a la gente haciendo deporte y del ambiente único que se crea ahí. Por eso, aprovecha y sale a correr en este sitio. Una actividad que realiza tres veces por semana, sin importar que haga frío o calor. Con una disciplina envidiable, parte del centro de Montevideo hasta Avenida Brasil. Así es como entrena y contempla el paisaje que tanto le atrae. Con una atmósfera que nunca ha visto ni sentido en otro lado.

miércoles, 18 de mayo de 2011

El poder del lenguaje

Hoy en día hay cosas de las que no se puede hablar. En estos tiempos, más que nunca, la fantasía de la posmodernidad pretende negar un hecho: la existencia de tabúes. Y muchos parecen convencidos de que este postulado es cierto e incuestionable.
Es verdad, me van a decir que no hace tanto, o más bien que hace poco tiempo, era impensable hablar de sexo, drogas y rock’n roll. No se apuren. Es evidente que la sociedad occidental ha avanzado en incontables aspectos. Sin embargo, en la actualidad somos esclavos de lo “políticamente correcto”.
Decir las cosas como son equivale a herir sensibilidades. Y nos vemos envueltos en líos que pueden o no tener sentido real con tal de no meter la pata. Así es como hay circunstancias en las que debemos pensar varias veces y discutir con nuestro otro yo para elaborar el enunciado que transmita lo que queremos pero que no se preste a malentendidos. La pauta es cuidarse la espalda e intentar convivir en paz, sin decir lo que uno piensa o usando eufemismos que nos dejen bien parados. En ocasiones optamos por no tocar algunos temas: preferimos hablar de tópicos superfluos en lugar de reflexionar acerca de cuestiones que puedan hacernos dudar, o cuestionar lo que sabemos que pensamos.
¿Qué se esconde detrás del intento de enmascarar la realidad, o de entibiarla con eufemismos? El miedo puede ser una respuesta que explique por qué es mejor decir no vidente que ciego o “de color” en vez de negro. Este último ejemplo es particularmente desagradable. ¿Cuál es la verdadera diferencia entre ambos términos? Atenuar lo que es. Pero, ¿cuál es el motivo para hacerlo? En este caso: el racismo. Si se supone que “de color” es mejor que negro, entonces asumimos que negro es peor que lo anterior. Lo que muestra la discriminación, aun latente en la sociedad.
Es lamentable que siga habiendo personas que discriminan y prejuzgan. O tendría que decir, que es una lástima que haya individuos que piensan diferente. ¿Eso sería políticamente correcto?
La historia ha demostrado que buscar chivos expiatorios en las sociedades conduce a finales terribles. Pero parecería que hay quienes ignoran estos hechos. Y siguen adelante con su vida, disfrutando de la “banalidad del mal”, quejándose por los “planchas” o por los bolitas, negros o inmigrantes de mierda que causan todos los males.
El lenguaje es poderoso: crea realidades, pero también puede destruirlas. Un llamado de atención se impone. Hay que estar alerta. Siempre.

martes, 17 de mayo de 2011

El arte y los afectos: motivos de la existencia

El arte siempre estuvo presente en la vida de Linda Kohen. Afirma que aparte de los afectos, esto es lo que justifica su existencia, lo que le permite seguir adelante y expresar sus sentimientos. Es que cuando esta dama, que tiene la voz ronca y un acento italiano que revela su país de origen, pinta siente que vale la pena vivir.
La pequeña Linda Olivetti dejó Milán en 1939 huyendo con su familia de las leyes antisemitas. Pero su destino le depararía una mejor suerte en Uruguay donde se casó con Rafael Kohen, estudió en el taller Torres García, tuvo el primer programa de moda de la televisión y formó una familia. Su trabajo la hizo convertirse en la gran figura femenina del arte plástico uruguayo, según Ignacio Iturria y Pablo Atchugarry. Y uno de sus cuadros llegó a convivir con uno de Picasso en la misma sala de un museo en San Pablo.
Linda está convencida de que todos nos creemos más lindos de lo que somos, lo que explica que no le gusten la mayoría de las fotos que le sacan. Sin embargo, es coqueta: los trajes y accesorios que usa a cualquier hora del día lo demuestran. Ella se sorprende porque la gente le dice que encuentra paz en sus cuadros ya que se considera una persona atormentada. Y sufre un síntoma que sostiene que es muy común entre los que escaparon del holocausto: la culpa. Pero ocurre que quienes la conocen coinciden en que es esa paz la que define a esta dulce mujer y a su obra.









miércoles, 11 de mayo de 2011

El placer de quebrar las reglas

He descubierto que en Uruguay las reglas están para romperse. Pero como funciona en la escritura, hay que conocer las normas para poder hacer lo que a uno le dé la gana con ellas. Como un abogado con las leyes, un músico con sus partituras y un gordo con su dieta. Viajar a Londres, una ciudad donde las pautas exigen su cumplimiento, me permitió reafirmar esta tesis latente en mi espíritu durante años, incluso sin que me diera cuenta.
Si en el mundo desarrollado no se estaciona en doble fila, cabe pensar que en nuestro país sea de lo más normal. Igual que subir al ómnibus y recibir el ataque de las insoportables ondas sonoras de la radio que tendría que estar apagada. El chofer mantiene charlas acaloradas con el guarda, quien se encarga de recordarle a algunos, no solo adolescentes sino también adultos, que le tienen que dejar el asiento a los ancianos. Y nada de esto sorprende. Como tampoco tendría que asombrarle al conductor montevideano, sentir la necesidad de tomar unas clases de manejo defensivo para sobrepasar la amenaza de estas cafeteras gigantes que se deleitan encerrando a los autos. En el país del asado casi más grande del mundo la gente entra por la puerta de salida y cómo llama la atención encontrarse con un gentleman que espere a que uno salga para ingresar en un lugar. Una especie en extinción.
A ningún mozo o empleado de una boutique se le ocurre levantar la mirada cuando le pedís algo. Mucho menos salir del restaurante o de la tienda y mostrarte el camino que tenés que seguir si sos un turista perdido por las calles de Montevideo. Eso no existe en estos pagos. Pero en Londres sí. Quién sabe por qué extraña razón, a los ingleses les divierte perder el tiempo ayudando a los extranjeros que copan su capital. Debe ser por el mismo motivo por el que cuando vos les pegás sin querer –o queriendo- te dicen “sorry” con un tono ingenuo y compungido. En fin, tendré que dedicarle tiempo a resolver esta incógnita. Volviendo a mi país, para evitar ser tan dura con él, me propongo reconocer sus ventajas. En definitiva por algo vivimos así. Y me integro ya que hay cuestiones que explican por qué todavía no me fugué.
El placer de quebrar las reglas es la respuesta. De que la gente vote una ley y el Parlamento contradiga la voluntad popular. De que no se pueda fumar en espacios públicos y que nuestros senadores se den el lujo de hacerlo en el palacio de las leyes. De comprarse un Evolution de Bic, y doblarlo hasta partirlo en dos. De comer dulce de leche hasta empalagarse, en esto los europeos son más vivos porque optan por la nutella o el chocolate amargo, que no es tan dulce. Pero sobre todo esto, se erige el encanto de tomar mate. Siempre. Aunque esté prohibido. ¿Cómo que “aunque”? Si está prohibido mejor. La adrenalina de desafiar el equilibrio y las leyes de gravedad cebando en la carretera es una sensación única, que ningún extranjero podrá imaginar en sus mejores sueños. Qué montaña rusa ni rascacielos. ¡Esto es emoción! Y lo mejor de todo es que cualquier lugar se presta para ese ritual colectivo que extasía del primer al último uruguayo –verdadero- y que algunos ignorantes confunden con una reunión de drogadictos. En la universidad, en el auto, en el shopping o en el médico, no hay norma que valga y que ose impedir semejante expresión de la identidad nacional. Por lo menos conocemos las reglas. O al menos déjenme creer que las conocemos.

Columna inspirada en Historias de un gran país de Bill Bryson.