sábado, 31 de marzo de 2012
Chicago se tiñó de verde
A las diez de la mañana del sábado 17 de marzo, la gente que estaba en Chicago ya se había teñido de verde. Bebés, niños, jóvenes, adultos y ancianos, nativos y extranjeros se disfrazaron para el festejo de San Patricio. Pero el río se hizo desear. Y quienes llegaron temprano a la cita tuvieron que esperar unos minutos para que el agua gris oscura adquiriera el color irlandés. La magia fue posible gracias al efecto de un polvo naranja en la estela de la lancha.
El pasaje de la pequeña embarcación con la fórmula secreta generó gritos de los espectadores que inmortalizaron la -sorprendentemente elemental y fugaz- ceremonia con cámaras digitales y celulares. Después de ver el barquito un par de veces, el encanto empezó a desaparecer. Y la gente a irse. Hacia el desfile que tendría lugar en el Grant Park a las 12.
No lo vi. La aglomeración limitó mi espectro visual. Y me obligó a concentrarme en las pelucas fluorescentes, coronas, antenas, sombreros y demás merchandising que dejaron claro que las apuestas por llamar la atención no tendrían tope.
Tal vez fue el calor el único que logró desarmar algún disfraz. Hacía 141 años que las temperaturas no trepaban tan alto en esta fecha. La gente pudo salir sin abrigos. O debió quitárselos en el camino.
Las fiestas se extendieron por toda la ciudad. Mientras que en las calles del Downtown dominaba un clima familiar, en los Irish pubs la dinámica fue diferente. Eran micromundos desbordados de alcohol en los que la música aturdía y la cerveza -a veces también verde- se consumía como agua. La tarde se transformó en noche. Y hasta en madrugada.
Las hojas (casi) nunca son suficientes
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